Y fueron viajeros para siempre (III): Todo parece trazado por la mano de un artista

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FELICES

La moto arranca a regañadientes, nos ajustamos los cascos y tomamos rumbo al centro de Ubud. Uno puede ver todas las tonalidades del verde cuando pasea por los caminos rurales de Bali. Hojas anchas de plantas que en España son ornamentales trepan por enormes troncos de árboles llenos de flores hermosas, fragantes y macizas, que cuando caen al suelo lo siembran de notas azules, carmesí,  vainilla… Las hojas pulcras de las palmeras plataneras bordean los caminos de la sawa o campos de arroz. Estas se disponen en terrazas con unos palmos de separación, el agua baja de los arroyos y va pasando de unas a otras. Al arroz, como si se cultivase en un ciclo sin fin, podemos verlo en los diferentes estadios de su desarrollo. Desde las frescas briznas, verdes como la menta que apenas sobresalen del espejo del agua, hasta las ondulantes trenzas maduras y granadas de cereal, casi listas para la cosecha.

Todo parece trazado por la mano de un artista. Al fondo del campo de arroz está el río con hermosos árboles donde trinan y gorgotean toda clase de animales. De allí viene un campesino con su cónico e icónico sombrero de paja trenzada. Al hombro lleva una herramienta parecida a un rastrillo sin dientes, con la que le vemos reparar un dique de la sawa. Si seguimos con la mirada el sendero que viene del río unas flores engalanan el camino conforme este viene llegando al templo y unas plantas altas, con el tono de un rojo vino intenso, llegan hasta la entrada donde estamos, extasiados, en un vano intento de captar con nuestras cámaras tanta belleza.

Nos falta tiempo para ver Bali en toda su magnitud. Lo más al norte que llegamos es el pueblo de Besakih, junto al Gunung Agung, volcán sagrado para los balineses. Allí visitamos los templos de Pura Besakih, que son los más importantes de la isla. Rodeados de niebla, son tan misteriosos como bellos

El Gunung Agung es uno de los muchos volcanes que hay en Indonesia. Este país es un enorme archipiélago volcánico. Es una zona con una actividad muy alta y alguna de las últimas erupciones han sacudido el planeta. La explosión del Krakatoa y la posterior ola se percibieron incluso en el canal de la Mancha y la explosión de la caldera de Tambora en Sumbawa cegó la luz del sol haciendo que en 1815 durante un año no hubiese verano. Son fundamentales en el clima de las islas puesto que captan nubes que riegan las fértiles tierras enriquecidas por los minerales que aportan sus erupciones.

Se les adora y se les teme, los balineses hacen ofrendas a los volcanes Agung y Rijani, que tienen consideración de dioses.

A las islas que van desde Java a Timor se las conoce como el cinturón de fuego. Emergen del mar de manera abrupta hasta superar los 3.000 metros en muchos puntos. Las fosas oceánicas que rodean las islas son abismales y esa diferencia tan pronunciada hace que en las costas se encuentre un oleaje muy fuerte y regular, sobre todo en la cara sur, sureste. Olas aseguradas, sol, playas tropicales de arena blanca. Todos los ingredientes para que el surf haya encontrado en estas islas su nueva tierra prometida.

Nosotros queríamos probar el surf en Indonesia y  en la región al este de la isla de Bali están algunos de los destinos surferos más reconocidos a nivel mundial: Nusa Tenggara occidental. Las islas de Lombok, Sumbawa y Flores prometen bahías en forma de media luna, arena blanca y olas para todos los niveles. La manera más rápida de llegar a este conjunto de islas es el barco rápido, que une Bali con Lombok y supone una hora y media de trayecto no apto para aquellos que suelan marearse a bordo.

Un oasis de tranquilidad

Pasamos 3 días en Gili Air. Las islas Gili son tres pequeñas islas situadas frente a Lombok, cada una con su carácter.  Gili Tragawan, la mas grande y a la que no nos acercamos, es una fiesta continua, una borrachera a la manera occidental. Gili Meno, la más pequeña es, sin embargo, un oasis de tranquilidad. Apenas hay servicios y se puede dar la vuelta a la isla en 30 minutos.

La que nosotros elegimos, Gili Air, es una mezcla de las dos anteriores. Con restaurantes y playas tranquilas de arena blanca donde hacer snorkel o, simplemente, relajarse y reponer fuerzas. A pie se tardan 90 minutos en darle la vuelta por la playa. La playa es la mejor que hemos visto: Una zambullida desde la misma arena blanca de la orilla te sumerge de golpe en un acuario con corales de mil tipos, amigables tortugas y peces con diseños increíbles. A cada rato salimos para avisarnos el uno al otro de una nueva maravilla que habíamos descubierto. Pasear en bici por este trocito de coral es una gozada.

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Por primera vez desde que llegamos a Indonesia no hay tráfico exceptuando unos carromatos tirados por unos pequeños caballitos tristes. El centro de la isla está lleno de callejones donde la gente hace su vida normal, dora un pez recién pescado sobre unas ascuas o arregla a sus pequeñines para el colegio. Extendemos un día más la estancia porque estamos tan a gusto que no queremos volver a movernos. Nunca.

Pero toca partir y cruzar a la isla de Lombok, “la guindilla”, en bahasa. Lombok está al este de la línea Wallace. Una línea que separa los ecosistemas asiáticos y los de Oceanía. A diferencia de Bali, en Lombok hay monos autóctonos, loros y en su día hubo, incluso, marsupiales.

La carretera sube serpenteando entre una espesa jungla y podemos ver a los monetes que se acercan a los coches que han parado en los miradores que salpican la carretera. No veíamos tantas mezquitas desde Java. Volvemos a estar en la Indonesia musulmana. No sólo cambia la fauna a este lado de la línea Wallace; los Sasak, la etnia mayoritaria en Lombok, son más retraídos y hoscos que sus vecinos balineses. El alojamiento —que, a primera vista, parecía un conjunto de tranquilos bungalós en un terreno frente a la playa—, resulta ser el sitio donde peor hemos dormido. Primero, por estar situado junto a la mezquita (con la consiguientes llamadas a la oración a grito pelado desde las 4.30 de la mañana) y también porque en ese terreno viven gallinas con sus pollitos y gallos y perros y vacas… Y todos juntos formaban la versión indonesia rural  de los músicos de Bremen.

En Kuta Lombok comemos muy bien en un restaurante que merece la pena destacar, El Bazar. De inspiración marroquí, los dueños han conseguido dar estilo mediterráneo al lugar con una decoración muy cuidada y una cocina ligera y rica.

De nuevo con nuestra moto alquilada hacemos una ruta por los campos del sur Lombok. Aquí la tierra parece más seca, con cultivos que se agostan al sol y yuntas de bueyes de agua que los  labran trabajosamente. La playa es maravillosa, un arco tras otro de cocoteros que abrazan bahías de arena blanca y olas turquesas.

De la zona sur de Lombok, que tiene como epicentro Kuta, se dice que se está convirtiendo en una nueva Bali, con un número creciente de turistas y surferos que eligen sus playas y sus paisajes en vez de los de su famosa vecina. Nosotros no lo vemos así, el entorno es casi tan bello como el de Bali, incluso encontramos zonas con una jungla más espesa y misteriosa. Pero Bali tiene un punto a favor, el encanto que le dan siglos de una cultura hinduista muy arraigada. Las ofrendas de flores repartida por todas partes, el olor a incienso… Y quizás tenga que ver con la creencia en el karma el hecho de que los balineses siempre dispongan una sonrisa, lo mejor para el visitante. Todo te hace sentir muy cómodo, muy en paz.

Es nuestra humilde y muy privada visión, por supuesto cada cual tendrá la suya. No nos pesa decir que en algunos momentos, mientras estamos en Lombok, pensamos que quizás habría sido mejor dedicar esos días a explorar mejor aún la isla de Bali. Esta sensación se acucia cada vez que volvemos a pasar por Denpasar, el aeropuerto de la isla y base de todas las escalas de la región.

Desde él volaremos hasta la capital de la isla de Flores, Labuan Bajo. En pleno parque nacional de Komodo. Nuestro próximo destino.

Podéis leer aquí las entregas anteriores de  ‘Y fueron viajeros para siempre’. 

Sobre el Autor

Olga y Pascual Peláez Márquez

Lo hemos leído antes: viajar es más que una afición, es una forma de vida. Para nosotros viajar significa encontrarnos a nosotros mismos, saber que queremos ser a través de la gente que encontramos en el camino y compartiendo lo que aprendemos con los demás.

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