Nos sobran los motivos

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España ya sabe que estos son los últimos versos que Catalunya le escribe. Que el «nunca» de unos no esconde el «ojalá» de los otros, que aún con cenizas frescas juegan con fuego, que los ciegos de la Generalitat ya no miran para atrás. España ya sabe cómo funciona su Estado de Derecho. Cómo garantizan desde Moncloa que se cumpla absolutamente todo lo que dijeron que jamás sucedería. España está cerrada por derribo. España ha conseguido que al pueblo catalán le sobren los motivos. ¿Quién podría imaginar que colgar la banderita del balcón no funcionaría? ¿Quién iba a suponer que después de toda una vida invitándoles a que miren el DNI a ver qué pone, y que se jodan por ello, no querrían agarrar un Farias en plena faena de Morante de la Puebla?  ¿Cómo demonios pensar que después de invitarles a irse si no les gusta ESPAÑA, se irían? ¿Por qué narices no funcionó lo de cantar a viva voz el Cara al Sol en plena Cibeles el día antes de la consulta? De verdad, no entiendo qué ha podido fallar.

¿No bastaba con dejarlo estar? La cuestión ya no era la Constitución, dejó de serlo hace un tiempo, ni la legalidad de la que carecía la consulta, que cierto es que nunca tuvo. Era un pulso entre posturas por lo más elemental. Un pulso que ha perdido de la forma más ridícula el gobierno del Partido Popular, con el tipo más peligrosamente inepto que ha conocido la política española al frente. ¿No bastaba con no aceptar los resultados que dijeron una y mil veces que no aceptarían, porque la consulta era ilegal? ¿Era necesario quedar como auténticos imbéciles ante todos, y salir ante las cámaras asegurando ser «ejemplo para el mundo»? La respuesta a todo esto seguramente sea NO, pero por todas partes ha habido una indiscriminada campaña por el SÍ. Sí al esperpento, sí al ridículo, sí a la opresión, sí a la irrealidad, sí a la Independencia, concebida como la mera formalización de la innegable realidad que es que Catalunya ya ha abandonado a España, esa ruina de Don Juan a la que ya no le queda un solo motivo.

Nunca pensé que viviría esto. Nunca creí que vería la más exaltada y sangrante representación de aquello que yo escuchaba llamar las dos Españas, y sin embargo sí lo estoy viviendo. He visto cargas policiales contra gente que sólo buscaba introducir un papel en una urna, me importa bien poco si con carácter vinculante o no, el asunto de fondo ya hace tiempo que no era ese, de igual modo que no vi a mi padre correr frente a los grises, pero sí le escuché mil veces contarlo con rabia y la ingenua esperanza de que a mí jamás me tocaría verlo. Nunca pensé que esta polarización se tornaría tan agresiva. Que los rancios símbolos que durante 40 años empoderaban a unos mientras humillaban al resto volverían a ser enarbolados por los que lloran porque al hacerlo se les llama fascistas. Que ya no se puede llevar la bandera de tu país sin que te llamen facha, dicen. Hay razón en esa frase, pero duden de aquellos. Duden de los que creen que son víctimas porque son patriotas. No lo son. Nunca lo han sido. Pero les encantaría. No tienen motivos. Los regalan a quienes persiguen en nombre de España y su legalidad. No les cabe en la boca la Constitución. No les cabe en la boca la Unidad. Piqué debe pensar lo que ellos quieren que piense, y largarse ya de la Selección Española, porque dice que se debería poder votar, como también dice Pau Gasol. Pero tampoco deberían mezclar deporte y política, que lo dice Rafa Nadal, español de bien de españoles, cojones. Esta peste lleva flotando en el ambiente 40 años. Una vez me dijo la Mala Rodríguez, la única vez que me ha hablado, que el cuerpo perece, pero la idea prevalece.

Ayer se pisoteó en Catalunya el derecho a decidir. El enésimo derecho que habremos de limpiar de sus sucias botas. Ayer sentí envidia del pueblo catalán. Ayer se exaltaron las dos Españas por vez enésima. Ayer abrieron cabezas las mentes cerradas. Ayer se puso el cemento en la tumba abierta de la Democracia. Hoy, para decir «con Dios», os sobran los motivos.

Fotografía: Fotomovimiento ©

Sobre el Autor

Max Depre

Nací hace ya un tiempo. Tuve un pato y lo llamé Manolo, me dan miedo las cosas grandes, lo cual no deja de ser un tanto irónico, y presenté un libro que jamás se publicó. El resto es secundario

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